Volvió a apoyar su frente contra el vidrio y contempló la hierba con mezcla de ansia y asco. Hasta esta mañana, a Dios gracias, los colores lo habían dejado en paz; había sepultado los recuerdos de aquel tiempo en que vagaba por las calles de París, alucinado, lleno de orgullo ante su destino y repitiendo cien veces al día: soy un pintor. Pero Ramón había dado el dinero y Gómez había bebido Chili White Wine y hablaba de Picasso por primera vez en tres años. Ramón había dicho: "Después de Picasso, no sé lo que puede hacer un pintor". Gómez había sonreído y replicado: "Yo sí lo sé". En su corazón, se reanimó una llama seca. A la salida del restaurante, tuvo la impresión de que había sido operado de cataratas. Todos los colores se encendieron al mismo tiempo, insinuantes y halagadores. Como en el 29, era el baile de la Redoute, el carnaval, la fantasía; las personas y las cosas se habían congestionado; el violeta de un vestido se hacía púrpura, la puerta roja de un drugstore se transformaba en carmesí y los colores latían con fuerza en los objetos como pulsos alocados. Eran impulsos y vibraciones que se hinchaban hasta la explosión; las cosas iban a romperse o caer de aplopejía. Todo gritaba y juraba a la vez; era la feria. Gómez se encogió de hombros; le devolvían los colores cuando había dejado ed creer en su destino. "Se muy bien lo que hay que hacer, pero será otro quien lo haga". Había tomado el brazo de Ritchie y apresurado el paso con la mirada fija, pero los colores lo asaltaban por los flancos y estallaban en sus ojos como ampollas de sangre y hiel. Ritchie lo había metido en el museo y ahora había allí aquel verde del otro lado del vidrio, un verde natural no terminado, ambiguo, una secreción orgánica parecida a la miel, a la leche cruda. Era preciso captar un verde así, atraerlo, conducirlo a la incandescencia... ¿Qué puedo hacer, si ya no pinto más? Gómez suspiró: no se paga a un crítico de arte para que se ocupe de la estúpida hierba; ha de pensar sobre lo que piensan los demás. Detrás, los colores de los demás se extendían sobre las telas; extractos, esencias, pensamientos. Estos colores habían tenido la suerte de triunfar; habían sido hinchados y llevados al límite extremo de sí mismos; habían cumplido su destino y ya no quedaba más que conservarlos en un museo. Los colores de los demás; en adelante, tal será tu suerte.
-Vamos- dijo-, necesito ganarme esos cien dólares.
Se volvió. Cincuenta telas de Mondrian en los muros blancos de esta clínica.... Pintura esterilizada en una sala con aire acondicionado. Nada de sospechoso. Se estaba al abrigo de los microbios y las pasiones. Gómez se acercó a un cuadro y lo examinó durante mucho tiempo. ritchie observaba el rostro de su amigo y sonreía por adelantado.
-No me dice nada- declaró Gómez.
Ritchie se puso serio, pero se mostró muy comprensivo.
-Desde luego-dijo con tacto-. No pueden volver las cosas enseguida. Tienes que ponerte de nuevo al tanto.
-¿Al tanto?- repitió Gómez con irritación-. No al tanto de esto.
Ritchie se volvió hacia el cuadro. Sobre un fondo gris, había una vertical negra cruzada por dos trazos horizontales; al extremo izquierdo del trazo superior, soportaba un disco azul.
-Yo creía que Mondrian te gustaba.
-También yo lo creía-dijo Gómez.
Se detuvieron delante de otro cuadro; Gómez lo contempló y trató de acrodarse.
-¿Es verdaderamente necesario que escribas sobre esto?- preguntó Ritchie con inquietud.
- Necesario, no. Pero Ramón quiere que le dedique mi primer artículo. Creo que piensa que eso da dignidad a las cosas.
-Ten prudencia- observó Ritchie-. No comiences con una crítica violenta.
-¿Por qué no?-preguntó Gómez, muy crispado.
Ritchie sonrió con ironía bonachona.
-Se ve que no conoces al público norteamericano. Ante todo, quiere que no lo asusten. Procura hacerte primeramente un nombre; di cosas sencillas y de buen sentido y dilas agradablemente. Y si quieres atacar a alguien, elige a otro, no a Mondrian. Es nuestro Dios.
-¡Diablos!-exclamó Gómez-. El hombre no plantea ningún problema.
Ritchie meneó la cabeza e hizo chasquear su lengua varias veces en señal de desaprobación.
-Plantea muchos problemas-dijo.
-Pero no problemas que fastidien.
-¡Ah!-dijo Ritchie-. ¿te refieres a problemas sobre el sexo, el sentido de la vida o el pauperismo? Ya sé que has estudiado en Alemania. La gründlichkeit, ¿verdad?- añadió, dando una palmada a su amigo en la espalda-. ¿no crees que eso está un poco pasado de moda?
Gómez no contestó.
-Mi opinión- continuó Ritchie- es que el arte no está hecho para plantear problemas fastidiosos. Imagínate si alguien viene a preguntarme si yo he deseado a mi madre... Lo pondré en la puerta, a menos que se trate de un investigador científico. Esto supuesto, no veo por qué los pintores han de poder interrogarme públicamente sobre mis complejos. Yo soy como todo el mundo- añadió en tono conciliador-; tengo mi problema. Pero si mi problema me acosa, no voy al museo; telefoneo a psicoanalista. Cada cual con su oficio; el psicoanalista me inspira confianza porque ha comenzado por hacerse psicoanalizar. Mientras los pintores no hagan otro tanto, hablarán de todo a tontas y a locas y yo les pediré que no me pongan frente a frente conmigo mismo.
-¿Qué es lo que tú pides?- pregunto Gómez distraídamente.
Contemplaba el cuadro con encarnizamiento melancólico. Y pensaba: "Es agua clara".
-Les pido inocencia-dijo Ritchie-. Esa pintura...
-¿Qué?
-Es seráfica- continuó Ritchie con éxtasis-, nosotros, los norteamericanos, queremos pinturas para gentes felices o que tratan de serlo.
-Yo no soy feliz- dijo Gómez-, y sería un puerco si tratara de serlo cuando todos mis compañeros están en la cárcel o han sido fusilados.
Ritchie dejó oir un nuevo chasquido de lengua.
-Amigo-, comprendo muy bien tus inquietudes. El fascismo, la derrota de los Aliados. España, tu mujer, tu chiquillo...¿Qué más? pero conviene que de cuando en cuando te olvides de todo eso...
-¡Ni un segundo!-replicó Gómez-.¡Ni un segundo!
Ritchie enrojeció un poco.
-¿Qué pintabas entonces?- preguntó dolido-. ¿huelgas? ¿matanzas? ¿capitalistas de chistera? ¿soldados disparando contra el pueblo?
Gómez sonrió.
-Mira, yo nunca he tenido mucha fe en el arte revolucionario. Y ahora, no creo en él en absoluto.
-¿y entonces?-replicó Ritchie-. Estamos de acuerdo.
-Tal vez sea así. Pero yo me pregunto al mismo tiempo si no he dejado de creer en el arte a secas.
-¿Y en la revolución a secas?
Gómez no respondió y Ritchie volvió a sonreír
- Resultáis muy divertidos los intelectuales europeos. Tenéis un complejo de inferioridad respecto de la acción.
Jean-Paul Sartre. Los caminos de la libertad. 3. Con la muerte en el alma.
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